domingo, 17 de junio de 2012

703, 307


703, 307 
Por Julián D’Andrea

No alcanzan las computadoras. Me imaginé que íbamos a ser pocos hoy. Hay una chica demás, no es de nuestro curso, se nota que no es nuestra. Todos gritando, ella callada. Es como un extraterrestre. ¿Quién será? ¿Qué hace acá? Me genera intriga, comienzo a recordar cuando tenía que hacer exámenes en el colegio en otro curso por faltar el día que realmente tenía que hacerlo. ¿Una chica sola alrededor de tanto buitre?
 El profesor está en frente a la clase mirándonos de manera fría y observadora, como analizando el comportamiento, la personalidad y la vida entera de cada alumno, en busca de lograr que nos callemos.
De a poco uno por uno empieza a hacer silencio. Con mi compañero sigo hablando y riendo. Ya otros me miran mal para hacer que me calle. Esa no es la manera, lo único que logra es que hable más. ¿Creen que les voy a dar el gusto de mandarme? El profesor seguí ahí con esa mirada. Me empiezo a sentir un poco intimidado. Logró que me callara. Por fin alguien. Siento un alivio hasta para mí mismo. ¿Creen que es fácil para mí que haga silencio?¿Qué preste atención a las cosas? Siempre me pasó, siempre me costo. Me pone mal cada vez que me doy cuenta que no rindo mi verdadero potencial. No tengo malas notas, para nada, pero podría tener mejores, yo se que sí. Si tan solo pudiera encontrar esa tranquilidad interior. A veces la consigo y me da una felicidad increíble. Soy frío, lo sé, pero también sensible, mucho más de lo que creen. Vivir en armonía, pensar en las cosas. Son pocos los que saben lo reflexivo que soy. En esos momentos de paz total soy otra persona. Pensar antes de actuar, es el mejor don que una persona puede tener. Lamentablemente son tan pocos los que lo tienen.  Yo actúo antes de pensar.
El silencio se apoderó del aula. Estábamos como en un final, era increíble. Las caras de asombro abundaban. No paraba de mirar la gorra del gallego de adelante. Un anarquista en una facultad capitalista. El profesor con su traje gris y camisa y corbata violetas, seguía al frente. Estaba todo combinado. Sí, le analizo su vestimenta. ¿Qué, un hombre no puede prestar atención en eso? Muchos juzgan al hombre que se viste bien o que presta atención en la ropa. No está bueno eso, pero lamentablemente soy el primero en juzgar muchas veces.
 Todos nos mirábamos entre nosotros, como si faltara algo. No entendíamos que estaba pasando. Yo menos, la armonía, es hermosa. Las computadoras prendidas tenían la imagen de “UADE Labs” como fondo de pantalla. La chica extraterrestre seguía ahí, tal vez esa era una de las razones del silencio. De repente, aparece otro chico en el aula. ¿Y éste? Es lo primero que me pregunto.
Se dirige directamente a donde estaba la chica. Estaba con ella. ¿Será el novio? ¿Será el compañero? ¿O quizás será el amigo? Ella se para, agarra las cosas que tenía en la computadora, su mochila y una bolsa con su mano izquierda. 
Los marginados se retiran, con un poco de vergüenza parecía. La ausencia de sonido seguía. Era como oro. Seguíamos sin entender nada. Por algo estaba pasando todo eso. Quien había logrado que nos calláramos, es el primero en romper la ausencia de sonido.
Escriban cincuenta líneas de lo ocurrido en estos últimos minutos. Exprésense, sean profundos- dijo.  A los pocos segundos el aula es nuevamente invadida, ahora por la expresión de las letras. 

viernes, 8 de junio de 2012

Verano en la calle avellaneda


Verano en la calle Avellaneda
Por Julián D’Andrea 


Una noche como cualquier otra. Veranear en el sur con amigos era el objetivo. Ya hacía varios meses que el scooter de cilindrada de 250 cc color azul Francia con pequeños detalles en blanco, era la herramienta para ahorrar dinero.  Claudio era un pibe tranquilo, con muchos amigos, muy alegre y sin vicios. Era un fiel creyente del destino. Su madre, Norma, era una persona insegura y con muchos miedos, ama de casa de clase media. Tenía el don de precaver cosas, que tarde o temprano terminaban sucediendo. Una de esas, fue la moto de Claudio. Le tenía terror, le rogó que no la comprara, pero él tenía su destino marcado, creía que no le iba a pasar nada.                                                                                                                           .
Era una noche de sábado muy calurosa para ser en comienzos de octubre. Claudio tenía que llevar el pedido a una casa a 18 cuadras de la pizzería. Una dirección que ya sabía de memoria porque era una familia que pedía casi todos los sábados, dejaba mucha propina y además tenía una casa muy llamativa, colorida y con decoraciones muy originales. Su reloj marcaba la 23.05, pero él no estaba seguro porque siempre se desconfiguraba. Claudio tenía mucha alegría para trabajar. El ruido de su moto no le permitía escuchar nada más y lograba un silencio interior envidiable. Claudio pensaba en su novia, con quien un rato antes había discutido. No le pudo pedir perdón ni volver a hablar con ella por tener que entrar a su trabajo.
Se dirigía por la calle Amenedo, una empedrada y de las más conocidas en Adrogué. A pesar de que estaba muy seguro y, según él, fuera de peligro, llevaba el casco puesto por un control policial sobre una de las esquinas por las que más debía pasar. Luego, giró en la calle Avellaneda, una de las más peligrosas: tenía pocas luces, pozos, esquinas con arbustos o garitas de seguridad con las que era difícil visualizar rápidamente y lo peor de todo el paso de cuatro líneas de colectivo sobre uno de sus cruces. Cuando de repente, un auto pasa en contramano y con luces fuertes, lo que logró quebrar ese silencio de Claudio por una buena puteada y más expresiva por girar el cuerpo y levantar el brazo, lo que además se llevó su atención. Cuando enderezó el cuerpo estaba en un cruce y el peor de todos. Su falta de atención y la respuesta al otro conductor no le permitieron ver con tanta claridad. Un vehículo gigante, muy iluminado y con un cartel grande en color que decía 514 le devolvieron el silencio a Claudio. Una hora más tarde, los de la casa colorida, llamaron a la pizzería para reclamar la tardanza de su pedido.  

*

Que fea es esa sensación de no poder hacer nada. No escuchar ni hablar. Es una sensación de ahogo. Como que cada vez que inhalas o exhalas, algo en tu garganta lo bloquea. Genera un dolor en el pecho más feo que cualquier otro. Querer expresarte, llamar a alguien, obtener la atención de algo y no lograrlo. Pero ¿qué tiene éste de distinto que no satisface?  Muchas veces uno busca el silencio, principalmente el interior. Pensar antes de actuar, saber qué quiere uno, a quién, cómo, pensar en tantas cosas y quizás lograr algo bueno. Como Platón con su mundo de las ideas, Descartes con el origen de la duda o con Horkheimer buscando distintas maneras de criticar al capitalismo. Ese momento es muy importante. Ha logrado  suicidios y asesinatos, y que más que le muerte para identificarlo como uno de los momentos más cruciales de la vida de un ser humano.                                                            .
Sentirse postrado en una cama debe ser horrible. Y más ver que en frente tuyo hay personas llorando, no sabes por qué. Todas esas cosas que te quedaron guardadas. El amor a tus padres, el odio y cariño a tus hermanos, la incondicionalidad eterna a tus amigos o el perdón a una novia. Quizás estés soñando, uno no sabe. Lamentablemente no tenemos el don para diferenciar  el sueño de la vigilia, pero algo está pasando y no somos capaces de hacer algo. Sentirse observado pero al mismo tiempo no, tener los oídos abiertos, pero no escuchar nada: la vida se llena de contradicciones. Como la de critico, pero no me gusta que me critiquen, lo barato sale caro, odiar a los caretas y volverse uno y una infinita cantidad más.
¿Qué pensarán esas personas a las que me faltó expresarles cosas? ¿Me siguen queriendo?
Quizás de ahora en más el silencio sea mi único amigo y familiar, hasta que me canse de su compañía.

*

Ya pasó exactamente un año y 2 meses de esa calurosa noche de octubre. El diagnóstico marca fractura basal del cráneo acompañada de una lesión intracraneal con hematoma epidural. Paciente en coma. 

jueves, 7 de junio de 2012

El penal más largo del mundo


El penal más largo del mundo
Por Osvaldo Soriano

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:

-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. Él sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.

-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
–No sé. ¿Qué me cambia eso? –preguntó.
–Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
–Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer –dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
–Pobre tipo –dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.

–¿Y yo cómo sé? –dijo él.
–¿Cómo sabés qué?
–Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

–En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién –dijo ella.
–¿Y si no lo atajo? –preguntó él.
–Entonces quiere decir que no me querés –respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces –contó después– que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
–Bien, pibe –me dijo–. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.