lunes, 14 de julio de 2014

27 horas y 30 minutos

27 horas y 30 minutos
Por Julián D’Andrea


En este momento que empecé a escribir estas palabras pasaron exactamente 27 horas y 30 minutos desde que vi en la pantalla a Bastian Schweinsteiger en el piso y escuché a Sebastián Vignolo decir "Alemania campeón del Mundo". 27 horas y 40 minutos desde que Mario Götze bajó ese centro con el pecho y pateó cruzado por encima de Sergio Romero. 27 horas y 30 minutos después me doy cuenta de que esta sensación de impotencia, bronca, nervios y muchas cosas inexplicables son por haber estado tan cerca de la gloria. Pero me dí cuenta de algo que todos esos sentimientos de repente se borraron. ¿De qué me di cuenta?

Yo me siento un privilegiado: Concibo al fútbol ya no como un show, sino como un juego de pasiones, como un encuentro de 22 tipos que tienen un don para maniobrar el corazón desde decenas a millones de personas. Eso lo tengo claro desde la primera vez que pise el hogar de mi corazón, el Bosque de La Plata, en 1997 en un partido contra Central. Por eso digo que soy un privilegiado. ¿No les parece que el simple hecho de cambiar completamente de humor de un segundo a otro, de un grito a un silencio, de un movimiento tan repentino como patear una esfera de materiales cada vez más modernos -y ya alejados de aquellas pelotas de cuero que pasaban por los pies de tipos como Di Stéfano, Varela, Garrincha, "Pancho" Varallo-, nos demuestran que tenemos sentimientos? ¿Que nos demuestran estar vivos?

El fútbol, en nuestro país, en nuestra hermosa cultura, es algo más que un idioma. Es algo que -perdón por el clichè- se lleva en la sangre. Te proclames o no futbolero, si sos argentino, no te queda otra que terminar siendo futbolero y este mundial dio enormes muestras de eso. Esto mueve multitudes. Por algo relacionamos todo, absolutamente todo, con el fútbol. A la sociedad con el equipo, a la Presidente con el director técnico o hasta a Mascherano yendo a negociar los fondos buitres. "Sólo dos veces mi mujer me despertó antes de las diez de la mañana: una fue cuando me dijo: 'Invadieron las Malvinas'. Y la otra: 'Diego firmó para Newell’s'. Dos catástrofes.", dijo alguna vez el gran Roberto Fontanarrosa. Y sí, esto (¿Lamentablemente?) es así. 

Pero aún sigo sin responder de qué me di cuenta. Estos últimos partidos de definición, estos festejos masivos me pasó algo bastante particular: Me seguí confirmando a mí mismo que lo que siento por Gimnasia, no lo siento por nada en el mundo. Ni por la selección. Quizás en parte también sea ver a tantas personas que criticaban al fútbol y ahora estaban entre los que me rodeaban a diferencia de estar rodeado de miles de triperos llorando y alentando hasta en los momentos más duros, más allá de cualquier juicio a un jugador o cualquier catástrofe institucional. Triperos que siempre van a demostrar que siguen ahí, como eternos. No podía, realmente, encontrar cerca mis sentimientos por Gimnasia con los sentimientos por la Selección argentina. Pero ahí es donde vuelvo a estas ya 27 horas y 30 minutos desde que somos subcampeones. Y vi que estaba equivocado. Quizás el sentimiento fue realmente fuerte y tan profundo que no me di cuenta hasta 27 horas y 30 minutos de una seria, fría y extraña angustia.

Es realmente complicado poder expresar sentimientos en un texto. De modo que voy a intentar alejarme de las cuestiones más filosóficas e ir a lo más fáctico. A intentar con hechos que te preguntes si sentimos lo mismo o no. Quiero aclarar, que en estas palabras y esto que deseo expresar no voy a hablar de los incidentes en obelisco después de la final. Voy a relacionar al fútbol con la sociedad, y para ser de una sociedad hay que ser civilizado, y claramente los autores de los destrozos no lo son.

En mis 21 años de vida nunca vi tantos millones de personas unidas. Unidas por una similitud. Y era la de alentar a 23 jugadores de fútbol que están representando un país. Algunos dirían que es una idiotez resaltar una unión por un "simple" partido de fútbol. Pero pregunto 27 horas y 30 minutos después de ese pitido de Rizzoli que jamás olvidaré, así como los que vivos en los ’90 no se olvidarán de Codesal: ¿Siguen pensando que un partido de fútbol es un "simple partido de fútbol"?

Por otro lado, algunos no paran de comparar a lo que demostró el equipo con lo que les gustaría que sea su sociedad. Y es una comparación sobre los valores. Y me incluyo en este grupo. Siempre detesté comparar a un equipo de fútbol con la sociedad, pero en estas 27 horas y 30 minutos cambié de parecer. Y quizás, nos sirva un poco. En 7 partidos, vimos a través de un "simple" deporte valores como compromiso, solidaridad, unidad, humildad y respeto. Y esto, seamos sinceros, lo vimos todos.

Sabella dijo hoy al arribar a Argentina: "Los argentinos nos creemos más de lo que somos". Y tiene un poco de razón. Nos falta un poco más de humildad. Nos falta más compromiso, cumplir promesas, acompañar a pesar de los fracasos para levantarnos lo más rápido posible. Nos falta solidaridad, ayudar al de al lado. Abrazar, llorar, mimetizarse con los demás. Nos falta dar un poco más sin esperar recibir. Nos falta unirnos entre nosotros, porque somos hermanos y con sentimientos parecidos. Nos falta salir un poco más a la calle a gritar y a llorar, tanto para reconocer cuando las cosas estén bien como para buscar que cambien cuando estén mal, siempre con respeto. Y el respeto es el valor que creo debería ser la columna vertebral de nuestra sociedad.

Imaginémonos una sociedad con todos esos valores, sería espectacular. Podríamos salir adelante como sociedad y como Nación. Ser un mejor país, una comunidad. Sería realmente espectacular ver todos esos valores entre nosotros. Nosotros como hermanos. Hermanos que nacimos con un corazón enorme, lleno de amor y pasión por absolutamente todo. Ojalá que si alguna vez existiesen esos valores los podamos mantener eternamente ¿Pero saben qué? Y acá está mi respuesta a la pregunta principal de estas palabras: Esos valores los vi. Los vi en nuestra sociedad. Los respiré. Los sentí. Sí, las últimas 27 horas y 30 minutos.

Y frente a esa respuesta que cambió mis sentimientos de un momento al otro, como un gol, como un pase bien dado, como un tiro en el palo, como una atajada enorme, como una expulsión, como un penal, hago otra pregunta con el único fin de que cada uno lo piense para adentro: ¿Podremos mantener esas 27 horas y 30 minutos por años, décadas o siglos?




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